¿Es esta supuesta crisis extrapolable a otros vinos de producciones muy limitadas y altas cotizaciones que ya se empiezan a conocer como microvinos? Y, para empezar, ¿tienen ustedes realmente claro lo que es un vino de garaje?
Valandraud
Think small. Piensen “en pequeño” y acertarán: viñedos pequeños, producciones limitadas, diminutos espacios para la vinificación; en definitiva, una bodega que cabe en un garaje y de la que salen vinos que reciben altísimas puntuaciones por parte de los críticos más influyentes y se comercializan a precios más elevados si cabe.
Pero, ¿qué representan realmente dentro del mundo del vino? Quim Vila, propietario de la tienda de vinos especializada de Barcelona Vila Viniteca, importador y distribuidor, los ve como “un movimiento reivindicativo que intenta demostrar que, sin un gran dispendio y partiendo de una viña excepcional, se puede hacer un gran vino en un lugar humilde”.
Érase una vez en Burdeos, en la orilla derecha...
El modesto lugar del que surgió el término “vino de garaje” fue la bodega doméstica de Jean-Luc Thunevin en St.-Émilion (Burdeos), previamente ocupada por un negocio de fontanería. Un visitante comentó con ironía que aquello parecía un garaje y el influyente crítico francés Michel Bettane le dio categoría de concepto en la publicación de vinos más importante de ese país: La Revue du Vin de France.
El iconoclasta Thunevin, personaje mediático por excelencia y amante de la polémica, es todo un outsider y ajeno por tanto a las clásicas y tradicionales familias del vino de Burdeos. Con osadía y desparpajo y empezando con un diminuto y anónimo viñedo de menos de una hectárea de St.-Émilion, creó Valandraud, un vino del que en su primera cosecha (1991) se elaboraron algo menos de 1.300 botellas. Recibió sólo 83 “puntos Parker”, pero la añada 1993 alcanzó los 93; la demanda creció y ante la evidente escasez, los precios se dispararon.
El gran clímax: cuando su vino llegó a cotizarse en el entorno de los 500 €, por encima de algunos de los consagrados premiers grands crus del Médoc, en la aristocrática orilla izquierda. ¡De la noche a la mañana, un desconocido sin historia cuyo terroir no estaba avalado por ninguna clasificación se codeaba con la crème de la crème de la región vinícola más famosa del mundo! Era, probablemente, el ataque más fuerte sufrido por el establishement bordelés en el siglo XX.
Jean-Luc Thunevin y su esposa Murielle
Thunevin se convirtió en el azote del tradicionalismo bordelés. Su filosofía era todo lo contrario a la de muchos grandes châteaux. Frente a las reticencias y el distanciamiento de algunos de ellos, cordialidad, simpatía y una política de puertas abiertas. Siempre dispuesto a hablar con la prensa, a dar a probar sus vinos, a lanzar ideas demoledoras o a replantearse el status quo de la zona.
También dio alas a través de su pequeña oficina de négociant a todos aquellos productores que quisieran seguir su camino. De hecho, comercializa el vino de garaje español más famoso y el más caro del país: Pingus (100 puntos en The Wine Advocate para su cosecha 2004 y unos 700 €).
Para su autor, el danés Peter Sisseck, Thunevin no es sólo polémico y provocador, sino “uno de los personajes que más ha influido en Burdeos y que ha tenido un profundo efecto sobre la manera de vinificar los grandes vinos, que hoy se acercan bastante más que a principios de los noventa al potencial real de su terruño”.
La burbuja de los 500 € se ha desinflado un tanto en los últimos años. Valandraud 2004, por ejemplo, una cosecha de calidad media, se vende al consumidor europeo en el entorno de los 100 €. Pero, en términos generales, Thunevin ha prosperado notablemente. Ha ampliado su gama de vinos y adquirido nuevas propiedades, lo que le ha permitido aumentar la producción de su Valandraud. También ha emprendido otros proyectos como la osada creación de un vino de garaje en la orilla derecha (en Margaux para más señas). Por eso no es extraño que en una entrevista concedida el año pasado al Washington Post bromeara diciendo que sus amigos ya no le consideran un “garajista”.
Y es que, ¿quién se queda en el “garaje” una vez que se cuenta con los recursos y los medios para tener una bodega en condiciones? Probablemente, el que más puede alardear de purista es Jacques Thienpot, creador de un vino que hoy goza ya de resonancias míticas: Le Pin. El que llegó a rivalizar con el propio Pétrus se elabora desde 1981 en Pomerol, en los bajos de una más que modesta casa de campo ubicada junto a la diminuta propiedad de dos hectáreas y suelos marcadamente pedregosos donde nace el vino.
Todos los críticos consideran a Le Pin el primer vino de garaje, aunque cuando deslumbró en la década de los ochenta ni existía el término, ni se practicaban las puntillosísimas prácticas de selección de la “era Valandraud”, ni su nacimiento estuvo acompañado de polémica. Hoy Le Pin es un gran vino de Burdeos y si consiguen concertar una visita a “bodega” les llevarán al mismo angosto sótano donde se ha elaborado siempre para darles a probar una muestra de barrica.
¿Cómo llamamos a las cosas?
Lo que les acabamos de contar es el relato histórico del que nace la expresión “vinos de garaje”, asociado a unas circunstancias muy concretas de la realidad bordelesa. Pero hubiera sido muy raro que un término tan sonoro y con gancho quedara reducido a lo límites de esta región francesa.
Como toda expresión que cala y que tiene éxito, empezó a aplicarse a aquellos nuevos vinos de alta calidad, elaborados en cantidades muy limitadas y que surgían de la nada a manos de jóvenes enólogos con una nueva visión del vino y del viñedo.
Por otro lado y tal como lo expone Quim Vila, “ante el éxito de una corriente como la de los vinos de garaje, la gente se apunta a hacer vinos de este tipo. En cierto modo, ocurre como con el término ‘alta expresión’. Inicialmente resulta bien, pero se acaba usurpando la idea y haciendo un uso equivocado de la misma”.
Aquí se elabora Pingus
En España, el modelo en que se miraron muchos tintos con ambiciones de exclusividad (algunos de ellos, burdos imitadores) fue Pingus, probablemente nuestro vino de garaje más representativo. “No me importa que se diga que mi vino es de ‘garaje’ –afirma su autor, Peter Sisseck–, porque siento una profunda admiración por los miembros de ese movimiento en Burdeos. Yo tenía ganas de hacer un vino ‘de alta costura’ a partir de una finca excepcional y es cierto que, por su limitada producción, se acerca a este movimiento”.
La conexión entre Sisseck y Thunevin es evidente. Sin embargo otros enólogos españoles responsables de vinos de perfil elevado y escasa producción no se sienten en absoluto cerca de los “garajistas”. Álvaro Palacios, autor del mítico L’Ermita (sólo 2.500 botellas de su última cosecha 2004 y unos 400 €) recuerda que aunque la eclosión del Priorat se produce de forma paralela a la ascensión de los “garajistas” en Burdeos, “nosotros nunca utilizamos esa terminología, pese a que nuestros orígenes también fueron modestos y comenzamos a vinificar colectivamente en un edificio”. Él se ve más como un arqueólogo del viñedo obsesionado por recuperar antiguas viñas monacales en una geografía de pendientes y barrancos.
De forma similar, Juan Carlos López de Lacalle, elaborador entre otros tintos riojanos de nivel de Viña El Pisón (otros 100 puntos de The Wine Advocate al 2004, unos 250 € y 8.000 botellas aproximadamente) pone el acento en el terroir y en la viña: “Lo importante no es el centro de transformación, sino el centro de producción, que es la viña. Sólo se puede hacer un buen vino partiendo de un buen viñedo”.
Telmo Rodríguez, por su parte, autor de Altos de Lanzaga en Rioja e incansable buscador de terruños por España, considera el concepto como algo limitado a St.-Émilion (Burdeos). Desde su punto de vista, el movimiento de los garajistas está prácticamente agotado tras la reacción de los grandes crus del Médoc “que vuelven a estar arriba”.
En los vinos de garaje originarios la humildad del lugar de elaboración era un elemento básico como contraposición a la suntuosidad de muchos châteaux bordeleses. En España, en cambio, han sido casi siempre bodegas ya existentes y muchas veces de un cierto tamaño, las que han apostado por hacer un vino más exclusivo y de producción limitada que fuera la guinda de su gama tradicional de vinos. Y, desde luego, no se elaboraban en ningún garaje. Las opciones más habituales eran vinificar por separado una parcela o un pago concreto de superior calidad o realizar una selección de sus mejores viñas.
Hoy cada vez se habla más de “micorvinos”, “microcuvées” o “micropagos”, términos con menos glamour que los poco afortunados y manidos “vino de autor” o vino boutique” que insisten en ese carácter limitado y escaso (vuelvan a pensar “en pequeño”).
Para Juan Carlos López de Lacalle, “son una nueva moda para llegar de forma fácil al consumidor, pero realmente no se debería vender esa idea sin algo sólido e importante detrás. No estoy de acuerdo en que porque algo sea pequeño es bueno; el volumen no es una condición sine qua non para la calidad”.
Despalillado manual: La revolución técnica
Más allá de la polémica, la gran novedad que aportaron los vinos de garaje fue la posibilidad de concentrar toda una serie de técnicas especialmente cuidadas y esmeradas tanto en viñedo como en bodega y que serían imposibles de abordar en vinos de producciones más elevadas.
Entre todas ellas, el colmo del “garajismo” es el despalillado manual grano a grano, que consiste básicamente en coger un racimo y separar sus uvas una a una eliminando los granos que no alcanzan la “perfección” y cuidando mucho de que no se cuele ni el más mínimo rabito o resquicio leñoso del racimo. Es uno de los lujos que más pueden llegar a encarecer un vino y que, inevitablemente, pone límites a la cantidad de botellas que se pueden producir utilizando un sistema tan rudimentario y artesanal.
La familia Eguren elabora por este procedimiento sus tintos riojanos Amancio, El Bosque y La Nieta y el toro Termanthia (100 puntos en The Wine Advocate y unos 130 €). En relación a este último vino, su responsable enológico, Marcos Eguren, reconoce que, en comparación con el Numanthia (98 puntos y unos 30 €), “el coste de dar un salto cualitativo es totalmente sobredimensionado”. ¿Se imaginan tener a 25 o 30 personas seleccionando grano a grano para un vino cuya producción no supera las 4.000 botellas?
¿Qué otras prácticas han llevado al extremo los “garajistas”? Su filosofía se apoya fundamentalmente en una viticultura lo más cuidada y meticulosa posible. Y, lógicamente, cuanto más pequeño sea el viñedo, más fácil resultará llevarla a cabo. Partiendo de viñas de cierta edad (por lo menos unos 30 años) cuyos rendimientos son menores y más equilibrados que los de una cepa joven, se suprime todo lo que estorba: racimos en mal estado o racimos que se tocan entre sí para que la exposición solar de los que quedan en la planta sea perfecta. Esto lleva a rendimientos que pueden oscilar entre los 8 y los 20 hectolitros por hectárea, seguidos por una vendimia manual en cajas pequeñas y el riguroso despalillado manual.
Para Telmo Rodríguez, “uno de los aspectos clave del movimiento de los garajistas es el gran paso de hacer una viticultura mejor en la que la selección es uno de los temas más importantes. Cualquier vino que quiera tener cierto estatus sabe que no puede dejar pasar una uva mala”.
Pisado
En la parte de bodega, Peter Sisseck repasa con nosotros el resto de técnicas que han caracterizado al movimiento: maceraciones prefermentativas y uso de nieve carbónica como elemento perfecto para evitar oxidaciones, maceraciones largas, búsqueda de una mayor extracción de componentes del hollejo, malolácticas en barrica y madera nueva hasta el exceso de un 200% o embotellados sin filtrar ni clarificar.
Muchas de ellas son hoy habituales en una gran mayoría de vinos de calidad, incluidos muchos grandes tintos bordeleses que se sintieron seriamente amenazados por el éxito de los vinos de garaje y mejoraron notablemente el trabajo en viñedo y bodega. “Se han democratizado”, nos dice Peter Sisseck, a la vez que utiliza un símil entre la alta costura y el prêt-à-porter. Con su segundo vino, Flor de Pingus, nos comenta que ha conseguido “llegar a un sistema mecánico que se acerca bastante al despalillado manual”. Pero siempre queda alguna diferencia insalvable: “Pingus es como un espejo en el que todo se hace de forma ideal y sin reparar en gastos. Es como un laboratorio”.
Para Juan Carlos López de Lacalle, que no ha llegado nunca a utilizar el despalillado manual en ninguno de sus vinos, el verdadero factor limitativo es el tiempo: “La uva madura en un día y el punto óptimo de recogida es uno solo. La limitación más grande es el momento de vendimia. Es una cuestión más física que científica o técnica”.
En su casa, Álvaro Palacios practica un cuidado absoluto en su viñedo estrella (“L’Ermita se hace todo en el viñedo”) y cuenta con más de 45 personas durante dos días para llevar a cabo el despalillado manual. En bodega se considera tradicional: “Para mí, todo lo que sea maquillar el lugar de donde procede el vino no tiene sentido; trabajo para que haya la máxima transparencia”.
Telmo Rodríguez comparte una devoción similar por el terroir y su mayor “pero” a los garajistas, “con los que nunca me he sentido identificado –dice–, es que un gran vino nunca puede ser el resultado de una receta”.
Bazuqueo
Como ven, detrás de un patrón similar de vinos de limitadas producciones, realizados a partir de selecciones exhaustivas en viñedo y que suelen alcanzar altos precios, hay filosofías y sentires diferentes, aunque la visión que pueden dar en el mercado sea relativamente uniforme.
Pero pueden estar seguros que la gran mayoría se elaboran hoy en instalaciones perfectamente acondicionadas al efecto. Hasta el esquivo Contador (otro 100 puntos de The Wine Advocate y unos 190 €), un vino más de “cueva” que de “garaje” que se criaba en un antiguo calado situado debajo de la torre del reloj de San Vicente de la Sonsierra, tendrá muy pronto una nueva y flamante bodega con unas espectaculares vistas al Ebro.
Independientemente de que el término “microvino” resulte más o menos acorde con esta realidad diversa, la mayoría de enólogos estarían encantados de que nos refiriéramos a sus creaciones simplemente como “grandes vinos”. La aspiración secreta de Peter Sisseck –que seguro que compartirán muchos de sus colegas– es la de convertir su Pingus en un clásico. Pero para eso se necesita tiempo y una imagen muy sólida en el mercado.
Jean-Claude Thunevin ha escrito en su dinámico blog (http://thunevin.blogspot.com) que “los vinos de garaje existen y existirán de una forma u otra, aunque ciertos comerciantes sólo apuestan por marcas conocidas y de alto nivel. Los vinos de garaje no son fáciles de vender, pero ésa es una cuestión que no tiene nada que ver con la calidad”.
En el tema del mercado, Quim Vila lo tiene muy claro: “Los que lo hacen bien siguen vendiendo y como la producción es limitada, la demanda suele exceder la oferta. Los vinos top han ayudado a que haya una cierta reflexión y, al final, el mercado pone las cosas en su sitio”.
Ahora que ya conocen lo hay detrás de estas botellas, ¿sienten ustedes curiosidad por probar esa máxima selección de un terruño a menudo privilegiado? Y, por cierto, ¿están dispuestos a pagar por ello?