- La vitivinicultura argentina es un sector económico que recién gana impulso ¿con el contexto internacional, el dólar bajo, la fuerte competencia, y los conflictos que impiden la salida de nuestros vinos, cuál es el futuro que vaticina para esta industria naciente?
- Le veo un muy buen futuro, porque está basada en ventajas competitivas profundas, que se han ido construyendo durante muchos años y que han permitido la instalación global de la marca vino argentino. Las monedas de competidores muy importantes como Australia, Chile y Sudáfrica se han apreciado mucho más que el peso argentino. Las dificultades para la salida de los vinos las veo transitorias. Creo, de todos modos, que debería aumentarse la promoción comercial externa, con mayor apoyo del gobierno nacional.
- La industria tiene reclamos hacia el Gobierno, no hay una política impositiva clara, ni de atracción de inversiones, y tampoco una inserción clara de Argentina en el mundo ¿qué efectos tiene a mediano plazo un plan de crecimiento acelerado de la economía, sin tomar en cuenta estos factores?
- Sin ir más lejos, hoy la Argentina es mucho menos atractiva para invertir que Brasil, Chile o Uruguay. Hay una encuesta reciente de Ernesto Kritz (SEL) que así lo muestra. Y esto demorará el crecimiento argentino en los próximos años. En cuanto a los tributos, Argentina necesita un programa sistemático de disminución de los impuestos distorsivos para compensar la apreciación del peso que, si no se actúa rápidamente contra la inflación, será acelerada y gravitará negativamente en la inversión y en la producción de bienes transables.
- ¿Cómo frenar un proceso inflacionario de estas características, que supera el 30% cuando el resto del mundo tiene inflación pero menor a un dígito?
- Técnicamente es posible: sólo hace falta voluntad política. Es muy interesante tener en cuenta la experiencia de Chile, justo en la transición del régimen de Pinochet a la democracia (1989-90). Ellos tenían entonces una tasa anual de inflación cercana al 30% y en cuatro años lograron bajarla a un dígito, creciendo al 7% anual y con un desempleo del 7%. Combinando buenas políticas fiscales y monetarias y coordinando expectativas, lo lograron. Mi principal preocupación hoy es que no veo pareja voluntad política en la Argentina. Pero el ya evidente enfriamiento de la economía y la apreciación nominal del peso –en buena medida, involuntarios- han empezado a jugar un papel.
- ¿Qué consecuencias en la economía puede tener el conflictivo proceso de división como los que está atravesando Argentina?
- Es sumamente lamentable y negativo. Pero al mismo tiempo yo veo que desde los municipios y desde las provincias está surgiendo una nueva dirigencia –como se ve ahora mismo- mucho más comprometida con el desarrollo del país, que ya tiene responsabilidades de gobierno, y que a partir del 2009 y del 2011 las tendrá en mucha mayor medida.
- ¿Opina que las retenciones móviles serán una solución para lograr la redistribución de la ganancia como se pregona?
- Tenemos que mirar lo que hacen otros países, no andar siempre buscando originalidades. La clave para la distribución del ingreso es un impuesto a las ganancias con mucha menor evasión, y también el impuesto inmobiliario. Eso es lo que hacen todos los países que progresan. Las retenciones castigan más fuertemente a los productores más pobres y de zonas marginales, a muchos de los cuales los saca del mercado.
- ¿Cuál es la alternativa de ingresos a las retenciones, que pueda ser coparticipable y beneficiar también a las economías regionales?
- El mundo le está ofreciendo a la Argentina una oportunidad sin precedentes, que probablemente durará bastante tiempo aunque con la típica volatilidad propia de los mercados de commodities. Como lo más probable es, sin embargo, que esta oportunidad no dure “para siempre” lo que tiene que hacer la Argentina es aumentar sustancialmente la inversión en educación, para que todos tengan acceso a una educación de calidad y para que, cuando pase la bonanza, tengamos una sociedad capacitada para desarrollar producciones alternativa. A pesar de los avances aportados por la ley de financiamiento educativo, ningún gobernador que hoy se proponga poner a la educación de su provincia a la altura del siglo XXI podrá lograrlo. Porque estamos frente a un centralismo inédito y dañino en materia impositiva, que limita el desarrollo del capital humano.