"...de color amarillo oro, de piel sensible dorada al sol. Bajo su vestido encontramos unas bellas y delicadas piernas, esbeltas torneadas, diríamos provocativas, casi incitándonos a recrear nuestros sueños. Nariz muy delicada, sensual, nos recuerda la juventud de las flores y la carnosidad de las frutas blancas antes de madurar. Desprende aromas de miel y duraznos blancos recién cortados. La juventud es evidente. Su boca, nos recuerda el deleite del pan tostado y la mantequilla de la mañana, con sabores dulzones de vainilla y algo de ananá y nuez y su cuerpo terso, aterciopelado nos preanuncia un final excitante. Las sensaciones finales son intensas y nos permiten alcanzar el éxtasis.
Si usted creía que estábamos hablando de una hermosa y joven mujer, va por mal camino. Esta fue la descripción que un gran degustador mundial dio de un vino de variedad Chardonnay en un trabajo denominado "Vino y Mujer: ¿hay algo mejor?"
Ni que contarle cuando nuestra conocida española Maria Isabel Mijares y García Pelayo, describiera un vino masculino y les recordara a las mujeres presentes en el 2do Congreso Mundial de la Mujer y el Vino realizado en Mendoza, como se definía un vino "bien macho" e incluso hasta insinuó con quien lo tomaría, por lo que un conocido bodeguero sintió el rojo sanguíneo de las frutas de un buen Malbec, llegar a sus mejillas.
Es cierto que muchas cosas se han dicho del vino pero lo que nunca se ha expresado con decisión es la pregunta clave: ¿el vino tiene sexo?
En realidad esta pregunta ya ha sido contestada recientemente en Francia y EE.UU. por algunas de las más prestigiosas revistas y la respuesta ha sido afirmativa.-Hoy ya nadie duda de ello y prueba que es así, es que si el vino tiene un cuerpo, piernas, carnosidad, y algunas expresiones mas sugerentes, seguramente tiene un sexo. Y para muchos bajo su vestido, el vino podría ser un hombre o una mujer. Las dos versiones (hombre / mujer) coexisten, como en los buenos viejos tiempo en que los hombres de la iglesia discutían sobre el sexo de los ángeles...
Hace mucho tiempo, las palabras de la degustación eran evocadoras, atizaban el placer y hacían bullir la imaginación. Sin pretensiones, carnosas y frecuentemente carnales, ellas poseían la magia del buen humor y la generosidad de lo imprevisto. No es que en los años setenta el lenguaje del vino fuera "domesticado". Gracias a los trabajos científicos de los franceses Vedel, Tourmeau y Charnay y a los del nuevo mundo del vino como la española Maria Isabel Mijares, el chileno Sergio Correa Undurraga, los argentinos Cristina Pandolfi, Raúl Castellani, el italiano Piero Pittaro, el checo Fedor Malik, y el húngaro Peter Sarkany entre otros, la degustación de los vinos ganó en rigor con la llegada de los términos pulidos y educados y hasta a veces humorísticos y sensibles (Miguel Brasco), los cuales todo el mundo puede entender. Desde entonces, a cada palabra corresponde un sentido y cada percepción se puede traducir por una palabra.
Por el lado del sexo, el vino no ha conocido jamás una miseria. Él presenta suficiente sensualidad para crear su propio lenguaje. Nunca a ningún poeta del vino le faltaron palabras para definirlos. Ardientes, sensuales, eróticos, sensibles, placenteros, calientes, fríos, lejanos, sangrantes, sanguíneos, animales, aterciopelados, sedosos, ácidos, dulces, amargos como la vida misma, y miles de adjetivos que en cualquier lengua o idioma se amplían, hasta lo infinito.
Y oh, Sorpresa... A primera vista, los vinos parecen femeninos. Blancos Rosados, Tintos, Espumosos o dulces, ellos tienen un vestido. El tinto del año lo llevará ligero, los Malbec jóvenes serán violetas y los Cabernet centellantes, el vino de Syrah será intenso. Los rosados serán delicados e indefinibles. Y los blancos medrosos, discretos, sobrios, sutiles, jóvenes, desquiciados o simplemente para el placer de sentirse anárquico, o fuertemente femeninos ante la personalidad de la madera y las sensaciones de poder. En los espumosos, les habrá locos, fiesteros o elegantes con este vestido transparente e insinuante, que se adorna con un cordón de perlas finas, que se realzará con puntillas perladas, de interiores sensuales, muy continuas al borde de la copa. Algunas veces, para los espumosos más antiguos y de edad venerable, (de los que hay pocos) podrán estar engarzados con un borde amarillo / naranja. Pero siempre femeninos, siempre a comprender. Y los dulces, naturales y jóvenes, impertinentes, atrevidos, infieles hasta unas mistelas de señoras en edad de merecer, doradas, espectaculares y con algo de frío sensuales, acariciantes, como para pasar ardientes fuegos nocturnos. Algunos aficionados al vino desearán levantar este vestido para encontrar las caderas, gruesas, firmes, finas o sensuales, que otros menos pícaros llaman piernas, y los melancólicos llanto o lágrimas. Estas palabras joviales o tristes califican los rastros transparentes que se deslizan por la pared del vaso, expresando la riqueza de un vino en alcohol y glicerina. Otros prefieren mirar hacia lo alto, afirmando que ciertos vinos tienen un corsage, una palabra que viene del término corsé, traduciendo igualmente la potencia alcohólica.
Si casualmente, el vino es suave o aterciopelado, en otros términos se desliza en el paladar con taninos redondos y bien fundidos, casi imperceptible, como lo haría un suave corte de uvas tintas de color medio llamados simplemente Tintos Finos para los mercados rápidos como el vertiginoso de Buenos Aires al mediodía, entonces él puede ser calificado como femenino. Este vino de sexo débil (poco marcado) se distingue también por su suavidad en la boca, su delicadeza con reminiscencias de telas recordando el tacto de la seda. Algunos poetas escriben que estos vinos tienen amor y que expresan su género por su lado apetecible o afectuoso
Y hay otros, los simplemente Tintitos, que muchos los describen como vinos para pasar el momento, no complicarse y no tomar compromiso. Son esos vinos que una vez que los tomamos, al día siguiente no nos acordamos qué tomamos, ni donde, ni con quien, pero lo que sí estamos seguros es que tomamos un vino. Vinos para el momento solamente. Casi como hombres y mujeres que pasan por nuestra vida sin dejar marca, rastro o sensaciones. Vinos del Hola y Chau.
No obstante, los vinos femeninos no suelen pertenecer todos a la misma clase social. Los hay ligeros, perfumados, empolvados, sensibles, armoniosos, educados, sutiles frutales, florales, excitantes, calientes, discretos, fuertes, persistentes, arreglados, pulidos, endulzados o amables. Algunos bebedores franceses puntillosos no dudan en traspasar los límites de la decencia: ellos osan decir la palabra "vino de locas" para calificar los aromas amaderados revelados por un maquillaje vulgar y "enganchador", que disimula mal una falta de personalidad.
Por lo tanto, a pesar del vestido y la caricia, todos los vinos no se conjugan en femenino. También los vinos son masculinos, al decir de algunas famosas mujeres del mundo del vino, "vino de hombres o con hombres".
Los vinos masculinos afirman su existencia por su fuerte armazón tánica, dejando una impresión áspera sobre la lengua. Cómo un hombre mal afeitado. Vinos de Malbec, de Barbera, de Cabernet Sauvignon o de Syrah o grandes cortes Varietales , con su consabida guarda y permanencia en roble o jóvenes agresivos y exultantes, entonces son viriles, armados, ásperos, rugosos, a veces peludos y muy frecuentemente musculosos. Poderosos, con una gran potencia alcohólica, ellos pueden ser calificados como severos, ardientes, fogosos, poderosos y aún de muy calientes... Todos los vinos tienen bajo su vestido algo más, por la cual su largo en la boca se mide en caudalias para cuantificar el bienestar... Al decir de las feministas del vino, es necesario ver allí una referencia fálica inconsciente que merecería acostarla sobre un diván.
Machistas y provocadores, los hombres conservan el privilegio de cantar al vino con un vocabulario repleto de palabras que nos recuerdan a Rabelais, ese famoso escritor francés, enormemente culto, aventurero, con gran conocimiento del idioma popular y del vino y de expresiones triviales relacionadas con el placer. El placer del amor, el placer de la amistad, el placer de sentirse vivo.
Y si de algo estamos seguros es que si el vino enarbola a veces un sexo masculino para afirmar su carácter, la mayoría de las veces es femenino, sobre todo si son los hombres los que lo beben. Pero, después de todo, a quien le importa el sexo del vino hoy, en virtud del placer que da. Por eso, amigo mío, sea usted hombre o mujer, para discutir si el vino tiene sexo, solo hace falta una buena compañía de un buen amigo(a), un buen momento, un buen lugar, un buen vino argentino y después... a disfrutar el placer de sentirse vivo.
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