El italiano Carlo Cignozzi, propietario de Il Paradiso de Frassina en Toscana y un apasionado de la música empezó tocando el acordeón para sus vendimiadores y encandilado por “la mágica atmósfera creada entre las uvas y el mosto” decidió poner hilo musical en su bodega y viñedo.
En el último año, su excentricidad parece ir camino de ser corroborada por la ciencia, ya que un equipo liderado por por Stefano Mancuso, profesor de agricultura de la Universidad de Florencia ha estado estudiando el efecto de la música en el viñedo de sangiovese con el que se elabora el brunello di montalcino de la bodega.
Los resultados, aunque no aún totalmente concluyentes, evidencian que la superficie foliar por cepa era considerablemente mayor en las plantas expuestas a la música y que las que crecieron en silencio tuvieron un desarrollo más tardío. Para realizar su estudio, el equipo italiano midió los niveles de clorofila y nitraros de las plantas y los índices de fotosíntesis y transpiración. También se intenta ver el efecto de la música sobre hongos y parásitos de la vid.
Al parecer, varios investigadores chinos ya descubrieron en 2001 que los sonidos de baja frecuencia no dañan la estructura celular; al contrario, activan las enzimas e incentivan la replicación del ADN. Y que su mayor o menor grado de influencia depende de la frecuencia, la intensidad y el tiempo de exposición.
En su página web (www.alparadisodifrassin.it) Cignozzi relatá cómo el efecto de la música propagándose entre las cepas es especialmente evocativo. Además hay criterios claros de selección musical: Bach, Mozart, Vivaldi y Scarlatti para la época de desarrollo foliar, y Beethoven y Mahler durante la fase de maduración para ahuyentar a posibles “depredadores” de uvas.
Por muy surrealista que pueda parecer, viendo imágenes de esta bella y cuidada propiedad que cuenta además con un pequeño hotel, no cuesta demasiado imaginarse el regocijo y divertimento para sus visitantes. Carlo Cignozzi, además, tiene claro que mientras llegan los resultados científicos, disfruta plenamente de la musicalidad de su bodega en la que también se ha podido escuchar blues y música country. No es extraño que uno de sus vinos se llame “Do” y que la imagen de la etiqueta de su brunello sea un racimo de uvas convertido en nota musical.